Los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible. ¿Una agenda realista para la reducción de la pobreza mundial?

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El socialista utópico Robert Owen escribió en 1857[1] que […] a través del progreso de la ciencia física y mental, se darán todos los medios en superabundancia para alimentar, vestir, alojar, formar, educar, divertir y gobernar a la raza humana en perpetua prosperidad progresiva, sin guerra […] esos resultados pueden hoy, por primera vez en la historia del mundo, alcanzarse.” Como es lógico, Owen fue desacreditado por realizar un pronóstico cargado de utopía y con poco rigor empírico.

Han pasado más de ciento cincuenta años desde que se escribieran estas palabras pero, sin embargo, en la actualidad el discurso en torno a la reducción de la pobreza a nivel mundial no parece haber abandonado la carga utópica descrita por Owen. Por ejemplo, el texto por el que se aprobaron los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) afirma que “el progreso tecnológico nos permite satisfacer las necesidades humanas básicas […] y alcanzar una margen por encima de dichas necesidades básicas sin precedentes en la historia” o “el éxito de acabar con la trampa de la pobreza resultará mucho más fácil de lo que parece”[2].

El alcance de resultados de los ODM los podemos definir con más sombras que luces. Los críticos con el grado de satisfacción de los ODM explican que eran demasiado ambiciosos y que, en cualquier caso, se habrían producido cambios sustanciales de forma natural. Por otro lado, también existen las posturas que aunque reconocen el fracaso global de los ODM muestran complacencia en algunas parcelas como ha sido la reducción de la mortalidad materno-infantil, el aumento del acceso a la educación y la lucha contra el SIDA. Seamos críticos o condescendientes con estos resultados, la opinión generalizada entre los expertos es que los tenues resultados de cumplimiento de los ODM han dejado un escenario complejo desde la perspectiva del desarrollo mundial.

El pasado mes de septiembre (2015) la totalidad de los Estados de la Asamblea General de las Naciones Unidas (193) han aprobado los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y una nueva Agenda de desarrollo —también llamada Agenda 2030—. Al igual que ocurrió con la anterior agenda, los ODS pretenden ser metas ambiciosos que incidan en las causas de la pobreza a nivel mundial y que, al mismo tiempo, se dirijan a construir sociedades más igualitarias y productivas en un plazo de quince años.

En ese sentido, la Resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas señala que “Los Estados aquí presentes estamos resueltos a poner fin a la pobreza y el hambre en todo el mundo de aquí a 2030, a combatir las desigualdades dentro de los países y entre ellos, a construir sociedades pacíficas, justas e inclusivas, a proteger los derechos humanos y promover la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de las mujeres y las niñas, y a garantizar una protección duradera del planeta y sus recursos naturales”. Además de poner fin a la pobreza en el mundo, los ODS incluyen, entre otros puntos,[…] erradicar el hambre y lograr la seguridad alimentaria; garantizar una vida sana y una educación de calidad; lograr la igualdad de género; asegurar el acceso al agua y la energía; promover el crecimiento económico sostenido; adoptar medidas urgentes contra el cambio climático; promover la paz y facilitar el acceso a la justicia.”[3]

Con el fin de conseguir estas ambiciosas metas, se han aprobado diecisiete objetivos, que a su vez se desarrollan en 169 heterogéneos “sub-objetivos”, y que han de marcar la agenda internacional de desarrollo de los próximos quince años. Está por ver si los ODS funcionarán mejor que los ODM pero como estos nuevos objetivos vencen en 2030, queda mucho para comprobar si el compromiso adoptado por los países vuelve a caer en la utopía o por el contrario se cumplen los magníficos pronósticos que ya fueron anunciados a bombo y platillo por los líderes políticos en el año 2000.

No conocemos la solución a la pobreza (créanme que si la supiera la diría) pero parece evidente que debe de producirse un giro copernicano en cómo enfocar el problema para poder darle una solución satisfactoria. Seguir en la línea de que la solución pasa por aumentar los fondos económicos y/o imponer sistemas democráticos liberales implica continuar más por el camino de baldosas amarillas que por aportar soluciones reales.

Quizá abandonar la utopía-idealismo-voluntarismo occidental y hacer esfuerzos en investigar cuáles son las causas reales y las necesidades concretas de cada escenario, sirva para empezar a aportar soluciones sensatas, alcanzables y eficaces. Parece que Robert Owen no se diferencia mucho de los grandes gurús del “fin de la pobreza” de la actualidad.

 

[1] EASTERLY, William, La carga del hombre blanco. El fracaso de la Ayuda al Desarrollo, Debate, Barcelona, 2015, p. 32.

[2] Ibídem, p. 33.

[3] http://www.un.org/sustainabledevelopment/es/2015/09/la-asamblea-general-adopta-la-agenda-2030-para-el-desarrollo-sostenible/

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