Refugiados: las cosas claras.

RefugiadosSirios

Autor. José Miguel Calvillo Cisneros.

La distancia que va entre la vida y la muerte.

La seguridad de que las cosas no van a virar de forma catastrófica es algo que nos ayuda a vivir. Esta creencia está poco fundamentada si atendemos a la realidad de cada día. A lo largo y ancho del planeta, todos los días, pueblos y comunidades han de dejar sus casas, sus familias, por motivos muy diversos como los de querer mejorar económicamente, huir del fumigado de soja que envenena la tierra, por una estrategia llevada a cabo por narcos, por causa de un conflicto, etc. Pero no es lo mismo irse de forma voluntaria, empujado por las circunstancias y con una mínima planificación, por ejemplo habiendo ahorrado, que tener que irse con lo puesto y porque tu vida corre un peligro inminente.

En este sentido, es importante comprender la diferencia semántica entre “refugiado” y “migrante” porque puede significar, la distancia que va entre la vida y la muerte. Un “migrante” es una persona que emprende un viaje por motivos laborales con el fin de mejorar sus condiciones de vida; mientras que un “refugiado” es alguien perseguido en su propio territorio por motivos de raza, religión, nacionalidad, opiniones políticas o por cualquier otra causa. El refugiado es considerado “desplazado” si su huida es dentro de los límites fronterizos del territorio en conflicto—.

El mapa de los refugiados en la actualidad.

El número de refugiados y desplazados en el planeta ha aumentado de forma considerable durante el siglo XXI. En los últimos cinco años se ha registrados el desplazamiento de más de 30 millones de personas por causas relacionada directamente con la violencia. De todos ellos, aproximadamente el 40% de los refugiados escapan de los conflictos de Siria y Afganistán.

Gráfico 1. Número de refugiados por lugar de procedencia (2014).

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Fuente: Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Falsas creencias.

En los últimos meses venimos presenciando el drama humano de los refugiados que escapan como consecuencia de algún conflicto abierto. Desde los medios de comunicación, miembros de partidos políticos y otras instituciones influyentes en la comunidad, como responsables de la Iglesia Católica, se afirma de forma categórica las consecuencias —todas ellas negativas— derivadas de la llegada de los refugiados a nuestro espacio de convivencia. Éstas versan desde las relacionadas con la incapacidad de los Estados europeos de asumir altas cuotas de refugiados en sus territorios, pasando por la justificación de que eligen Europa para aprovecharse de nuestro amplio sistema de bienestar —cuestionando así la propia condición de refugiado y convirtiéndolo en un migrante económico y, por tanto, un tratamiento jurídico diferente, hasta el extremo de poner en sospecha la condición de refugiados sugiriendo que entre ellos pueden esconderse terroristas yihadistas que harán peligrar nuestra amada seguridad.

Aclaremos con algunos datos cuánto hay de verdad en estas afirmaciones. Siguiendo un informe elaborado por las Naciones Unidas, “el 90%  del total de refugiados a nivel mundial permanecen en su región de origen”, es decir, cuando abandonan sus hogares tratan de no alejarse de su lugar, bien por razones económicas, puesto que no disponen de medios para emprender grandes travesías, bien por el arraigo a la cultura y las formas de vida de zonas más cercanas al epicentro del conflicto. Entre los destinos “preferidos” de los refugiados no se encuentra ningún Estado que pertenezca a la Unión Europea.

Gráfico 2. Número de refugiados por lugar de destino (2014).

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Fuente: Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

 

Respecto a la incapacidad de la UE de acoger a estos refugiados hemos de decir que, los ciudadanos de la UE poseemos los mayores índices de bienestar y de desarrollo humano de todo el planeta. La llegada de refugiados a nuestra jaula de oro no supone una amenaza para el bienestar de los ciudadanos europeos —esta es una forma tendenciosa de ver la realidad— puesto que no representan un porcentaje tan elevado como para quebrantar el sistema de solidaridad europeo. La razón por la que Europa es el destino preferido de los refugiados sirios, iraquíes, libios, etc., es porque, por un lado, tienen en cuenta el criterio de proximidad y, por otro lado, puestos a huir de la guerra que mejor que hacerlo a espacios donde puedan iniciar un nuevo proyecto de vida alejada del conflicto.

En cuanto a la consideración de que entre los refugiados no todos son trigo limpio —utilizando la expresión del Arzobispo de Valencia Antonio Cañizares—, The Economist recordaba recientemente que de los “750.000 refugiados que han sido acogidos por los Estados Unidos desde el 11 de septiembre de 2001 ninguno ha sido arrestado por terrorismo”. Un terrorista yihadista no necesita disfrazarse de refugiado para llegar a Europa. Puede hacerlo de formas varias, más asequibles y discretas. Incluso, le vale con haber nacido en el continente —inmigrante de segunda o tercera generación— y no haber participado activamente de los mecanismos de socialización democrática de su comunidad. Como ejemplo, los terroristas responsables de los recientes atentados de París tenían pasaporte de un Estado europeo.

Es necesario dejar las cosas claras. Un refugiado es una víctima de un conflicto, no un terrorista. Si nuestra prioridad es encontrar culpables, tal vez sea más efectivo buscar en otro lado con el fin de identificar correctamente a los responsables de nuestra seguridad. Lo que sí está claro es que a las víctimas siempre se las debe proteger y nunca culpabilizar.

 

 

 

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